sábado, 9 de mayo de 2009

Historia de Carlos

Carlos nació ahora hace 40 años en un pueblo de Zaragoza. Era el séptimo de 7 hermanos, hijos de un matrimonio sano, y su madre lo tuvo en su domicilio, sin atención hospitalaria. El parto fue lento y el niño sufrió de anoxia cerebral. Durante los primeros meses se crió mal, Mamó solo durante un mes, tuvo mucho vómitos y muchas diarreas y no ganaba peso. Empezó a caminar a los 18 meses, a retener la deposición a los siete años y estuvo orinándose mientras dormía hasta los 15. Pero era inteligente y pudo ir a la escuela a su edad, acabar la educación primaria y el bachillero, y matricularse en la escuela de Bellas Artes, donde fue bien hasta el último año. Presentó alguna exposición colectiva de pintura.

Cuando tenía veintitantos años Carlos no salía con chicas, como el resto de sus compañeros de escuela, sino que pasaba mucho tiempo con niños. En algún momento fue acusado de pederastia. Los padres iniciaron una peregrinación de psiquiatras, monjes, sociólogos, frailes y psicólogos pero estas medidas no tuvieron efecto. Hace diez años un psiquiatra propuso tratarle con neurolépticos, para tranquilizarle, y con péptidos que inhiben las hormonas hipotalámicas, para reducir sus impulsos sexuales. En el año 2004 la cabeza de Carlos empezó a desviarse hacia atrás. Al principio era un movimiento lento, casi imperceptible. Poco a poco se convirtió en un espasmo violento. Finalmente llegó a ser un movimiento brutal que giraba la cabeza de tal forma que la cabeza golpeaba contra los hombros y contra la espalda, le producía un intenso dolor y le hacía perder el equilibrio. En uno de esos movimientos las vértebras de la columna cervical chocaron con tal fuerza que escupieron hacia atrás uno de los discos intervertebrales, esa especie de cojinetes que unen las piezas de hueso de la columna y permiten que esta se flexione o extensiones. Cuando eso ocurre, si la hernia del disco es grande, se puede comprimir la médula y se produce una lesión del sistema nervioso. En el caso de Carlos el disco herniado era el C3 por lo que si no se hubiera detenido a tiempo le hubiera producido la muerte.

El caso de Carlos me ha producido una serie de preguntas inquietantes tales como:
¿Es razonable que hace 40 años todavía hubiera partos domiciliarios, sin la debida asistencia sanitaria, en España?.
¿Es razonable tratar a los pederastas con neurolépticos?. No cabe duda de que la sociedad debe protegerse pero ¿es este el método mas eficaz?. ¿Es también el mas respetuoso con los derechos del paciente? ¿Se le pidió permiso para darle ese tratamiento o se realizó la prescripción por iniciativa de un juez, un médico o la familia?.
¿La única manera que nuestra sociedad tiene de evitar que se cometan actos criminales la represión por parte de los representantes del orden? Si así fuera, ¿en qué tipo de civilización vivimos?

viernes, 8 de mayo de 2009

Los desfibriladores

Me llama mi amigo JuanMa Ruiz Liso para pedirme que vaya en Noviembre a dar una conferencia en su Soria. JuanMa es el factotum de la Fundación Caja Rural de Soria y está desarrollando una enorme tarea de promoción de su tierra y de educación sanitaria de su gente. Yo he colaborado con ellos en alguna ocasión y ellos han financiado algunos estudios que hemos realizado en aquellas tierras sobre Parkinson hereditario.

Las conferencias en Soria son deliciosas. Suelen tener lugar en la maravillosa antigua iglesia de la Merced, secularizada y convertida en la estupenda sala Tirso de Molina. La hospitalidad es apabullante y JuanMa suele utilizar un verbo cálido y florido, elogioso con el conferenciante hasta llegar a abrumarle. Si el conferenciante llega con algo de tiempo, puede tener la oportunidad de repasar sus mensajes claves “entre San Polo y San Saturio/donde el Duero traza su curva de ballesta”. Y si se queda a cenar, puede aprovechar ofertas tales como “una tapa (y un vino), un euro” o la magnífica cocina soriana, insuperable en tiempo de setas. Pero lo más maravilloso de todo es el entusiasmo de la audiencia. En un público ávido de conocimiento. Acuden hasta llenar el aula, atienden sin respirar, preguntan todo lo preguntable y convierten al conferenciante en un amigo.

JuanMa me explica que está organizando un ciclo sobre aspectos de la conducta y su efecto como preventivo de las enfermedades. Me pregunta si puedo desarrollar la parte relacionada con las enfermedades neurológicas. Le digo que si, que es un tema que me interesa mucho, y quedamos en que me enviará un mensaje electrónico y concretaremos fechas “en noviembre”. JuanMa sabe de mi pasión por las setas. Le doy las gracias y me despido:
- Desde luego es envidiable la tarea que estas haciendo.
- Bueno, no sabes los últimos proyectos. He convencido a la dirección de la Caja para que pongamos desfibriladores cardiacos en los cajeros automáticos.
- ¿Desfibriladores cardiacos en los cajeros automáticos?.
- Claro, contesta JuanMa, los hay en los estadios, en sitios públicos, pero ¿por qué no ponerlos en sitios que están al alcance de los ciudadanos en sitios donde puedan necesitarlos?.
- Desde luego, le digo, sobre todo es estos tiempos de crisis. Vas al cajero, ves el saldo de tu cuenta bancaria, te da un infarto de miocardio, y allí está el desfibrilador para salvarte la vida. Muy bien pensado.
- ¿Sabes con quien he estado hablando antes de llamarte?.
- Ni idea.
- Con el obispo. ¿Por qué en las iglesias no tiene que haber desfibriladores?. La gente acude a las iglesias para actos que se asocian a veces a grandes emociones, entierros, bodas, comuniones. Hay grandes concentraciones de personas. Tendríamos que considerarlos espacios públicos de gran concentración de personas y, por tanto, de riesgo de arritmia cardiaca.
- La verdad es que no sé si son sitios de concentraciones tan masiva como tu dices, salvo las concentraciones y manifestaciones antiaborto y a favor de la familia cavernaria pero, en todo caso, teniendo en consideración las incendiarias pastorales de los obispos y las apocalípticas homilías de los sacerdotes, no estaría de mas disponer de un fibrilador al lado del confesionario. ¡Que grande eres, JuanMa!.

domingo, 12 de abril de 2009

¿Fin de ciclo?

Acabamos de ser espectadores de un nuevo cambio de gobierno, menos de un año después de que el anterior hubiera entrado en funciones. Con independencia de que los nuevos ministros nos parezcan mejores o peores que sus antecesores, de que el reparto de responsabilidades sea mas a menos razonable que antes, de que el nuevo organigrama sea mas o menos eficaz que el previo, habría que hacerse una pregunta básica: ¿Qué significado tiene el cambio de gobierno ahora?. ¿Es que el anterior era insostenible, por culpa de la crisis, como dicen algunos?. ¿Es, acaso, el primer síntoma de la crisis imparable del partido socialista?. ¿O estamos ante algo mas profundo, una crisis del sistema que se puso en marcha en el momento de la transición?. Yo creo que se trata del inicio de esto último y voy a intentar demostrarlo.

He re-leído hace poco los volúmenes dedicados a la restauración y al primer tercio del siglo XX de la monumental historia de España dirigida por Tuñón de Lara y publicada por Labor. Los autores ponen de manifiesto la idea de que al inicio del siglo XX, sobre todo después de la muerte de Cánovas, el sistema que tan eficaz había sido para mantener la alternancia de los partidos conservador y liberal durante 40 años, se convierte en inútil porque no es capaz de integrar los dos acontecimientos mas importantes y novedosos que aparecen en la España de aquella época: el desarrollo del movimiento obrero y la aparición de los nacionalismos. Lejos de encontrar el mecanismo de responder a estas nuevas realidades sociales e integrarlas en el sistema político vigente, los partidos de Cánovas y Sagasta –ya sin Cánovas ni Sagasta- continúan con la monótona alternancia de partidos en el poder y con gobiernos cada vez mas débiles y más efímeros. Se produce un distanciamiento cada vez más progresivo entre la “clase política” y la “calle”.

No puedo evitar las comparaciones entre aquella época y la nuestra. El problema territorial de la España invertebrada sigue tan espinoso o más que hace un siglo. La transición democrática hizo una serie de concesiones, que en su momento se consideraron necesarias para poner en marcha un proceso, sin duda, erizado de dificultades. Los políticos con responsabilidades prefirieron aceptar las reivindicaciones, muchas veces peregrinas, de cualquier cacique territorial –Segovia estuvo a punto de ser reconocida como comunidad autónoma independiente- que aprovechar la ola de internacionalismo que se produjo con la adhesión a la Comunidad Europea para imponer un modelo de gestión basado en la racionalidad.

Ahora tenemos 17+2 gobiernos autonómicos, 17+2 parlamentos regionales, 17+2 tribunales superiores de justicia, 17 sistemas de salud, muchas veces inconexos y con frecuencia no equivalentes. Esta división territorial absurda no ha acabado con la espiral de las reclamaciones pues cada concesión trae aparejada una nueva solicitud. Ha abolido de hecho el principio de libre circulación de los trabajadores y de los profesionales existente en la Comunidad Europea, pues los requisitos para trabajar como médico, o como maestro, como juez o como bombero, como notario o como enfermera, son distintos en Madrid y en La Rioja, en Andalucía y en Cataluña, en Canarias y en el País Vasco. Ese despropósito autonómico ha encarecido el gasto público, disminuido la eficacia, creado una clase política numerosa y privilegiada, y aumentado de forma espectacular el número de restaurantes con estrellas Michelin en las capitales de las 17 +2 comunidades autónomas.

Se ha producido una sustracción del papel de la sociedad civil por parte de una clase política que, aunque prescindiéramos de los numerosos casos de corrupción, es muy numerosa, bien mantenida, goza de numerosos privilegios, recibe sueldos institucionales a los que las mayoría de sus componentes no podrían aspirar en base a su capacidad personal, nivel educativo y méritos; y en muchos mas casos que menos simultanea, sin pudor, la actividad parlamentarias con otras ocupaciones lucrativas. La clase política, por lo general, carece de ideología pero no de intereses de cuerpo, solo se empeña en vituperar al contrario; actúa con prepotencia y arrogancia; goza de un enorme margen de discrecionalidad; ocupa un espacio desproporcionado a su verdadera importancia en los medios; y cuando se retira de la vida pública –y a veces estando en ella- deviene miembro de consejos de administración de grandes empresas con sueldos multimillonarios de estrella mediática, deportista de élite o cantante de fama. ¿Cómo podemos suponer que los jóvenes mil-euristas, que tienen una formación superior a la de generaciones anteriores, un empleo inseguro, y una sensación de incertidumbre continua, van a integrarse en el sistema?.

De modo que lo que estamos viendo es que los jóvenes cada vez votan menos, a pesar del lavado del cerebro de las campañas electorales; que estatutos de autonomía que han supuesto meses de trifulcas y negociaciones no importan a nadie y son refrendados tan solo por el silencio. Esta farsa cada vez nos interesa menos. Y, cuando eso ocurre, lo primero que se desmoviliza es la izquierda.

¿Qué puede ocurrir con la crisis?. Lo que sería deseable es que la crisis económica sirviera de revulsivo para poner patas arriba el sistema. Se ha producido ya el primer paso. Los grandes ejecutivos de las grandes empresas, esos que se benefician de sueldos y privilegios millonarios, los que reciben sueldos y primas equivalentes a los de centenares de trabajadores, que antes se consideraban rol-models del éxito, personajes a imitar, empiezan a ser denigrados y, en algún caso, por desgracia todavía demasiado infrecuente, han comenzado a sentirse amenazados. Cabe confiar en que si la crisis se alarga esa percepción se extienda a los deportistas de élite, que tienen sus residencias en paraísos fiscales, en los que no pagan impuestos; a los políticos derrotados que se lamen las heridas en los consejos de administración; a los pícaros de toda clase y condición que mantienen sus privilegios a costa del resto de la pobre gente. Si eso ocurriera, si la crisis sirviera para convertir a héroes en villanos, tendría algún aspecto positivo.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Las ginecólogos

Acabo de volver de Barcelona de la reunión anual nacional de nuestra sociedad médica que se celebra este, por sexagésima vez, de manera continuada, y desde mi punto de vista con gran acierto, en aquella ciudad. Empecé a ir a esas reuniones hace 38 años. Al principio, cuando yo era residente, íbamos en el coche de nuestro tutor, nuestro querido José González Elipe, quien nos recogía en Madrid a eso de las 10 de una mañana fría de diciembre y conducía sin decir palabra hasta la Almunia de Dña. Gomina -perdón, Godina-, donde solíamos repostar todos, el coche, gasolina y el propio Dr. Elipe, un caldero de alubias blancas, con todo tipo de aderezo propio del plato, seguido de un par de huevos de corral aderezados de derivados del cerdo, no precisamente pobres en colesterol. Después de semejante carga, digna de un abad, el Dr. Elipe solía volver a ponerse a los mandos del coche y no volvía a parar hasta el Bruch o la Panadella, para estirar un poco las piernas, y de allí seguido a Barcelona donde solíamos llegar justo para la cena.

Nos alojábamos en el Casal de Metge, al principio de la vía Layetana, donde contábamos las horas de la noche por las campanadas de la catedral, luego en el nuevo edificio del Paseo de la Bonanova. Compartíamos habitación dos personas, el Dr. Elipe y yo casi siempre juntos, y los otros dos residentes compinchados y juntos, huyendo de las exigencias del maestro. Antes de eso el Dr. Elipe nos llevaba a cenar, si era posible a Can Costa a la Barceloneta, donde se trajinaba la mitad de la población de crustaceos del Mediterraneo, y luego al Molino, en el Paralelo. A eso de la media noche, cuando los jóvenes estábamos agotados, el Dr. Elipe se ponía a jugar unas partidas de máquinas diabolicas en las que a toda costa había que evitar que una bola de acero, cumpliendo las leyes de la gravedad, se colara por un agujero, mediante la pulsión frenética y a veces el pataleo de los resortes y aún del conjunto de la máquina entera. Pero cuando volvíamos a nuestra residencia, a eso de las dos de la mañana, nos faltaba lo peor. El Dr. Elipe nos hacía ensayar las comunicaciones científicas que íbamos a presentar al día siguiente, y el ensayo podía durar horas, hasta que el quedaba satisfecho. Dormir poco o nada no era considerado un problema. Por el contrario, entre nosotros existía la convicción de que hacer una buena presentación científica después de haber dormido bién no tenía mérito; lo realmente bueno era hacerlo bien sin haber dormido y, preferiblemente, después de una noche de juerga.

Por supuesto que el Dr. Elipe corría con todos los gastos y que no recibíamos financiación de la industria farmacéutica. Ahora, por el contrario, cualquier residente de tres al cuarto, viaja en avión o en AVE, se aloja en un hotel de 4 o mas estrellas, y tiene invitaciones a cenas o comidas de lujo con carácter gratuito, gracias a la des?-interesada ayuda de la industria farmacéutica. Y a nadie parece preocuparle este tipo de relaciones.

Durante la reunión de la sociedad tengo al oportunidad de charlar con algunos de mis antiguos residentes. Los hay de todos tipos. Brillantes, que trabajan en el extranjero, viviendo modestamente, como jóvenes, con pareja y con familia, como Elena Meseguer, que lleva varios años en Paris, con su marido y su hijo, luchando como hemos hecho todos; y otros, mas mediocres, que ya han encontrado un hueco en el sistema sanitario español, que no se plantean cuestiones trascendentes, que aceptan de forma callada los 3000 euros que ganan al mes, sin poner en cuestión el tipo de práctica que realizan.

Uno de mis antiguos resis, XM, que trabaja en el hospital de Arganda, me da su punto de vista sobre las ginecólogos de aquel hospital. Lo que me cuenta es algo preocupante. Por una parte me dice que la reivindicación se debe a varias cosas entre otras que los ginecólogos creen -y ella está de acuerdo- que en aquél hospital debe haber dos de sus miembros de guradia porque si uno tiene alguna intervención urgente, por ejemplo una cesárea, necesita ayuda de otro compañero de otra especialidad y no queda nadie disponible para cualquier otra urgencia que pueda ocurrir. El problema es que ese hospital, según los cálculos de XM, tiene unos 2000 partos al año, es decir entre 5 y 6 diarios, de los que la mayoría deben ser normales. De modo que pedir dos ginecólogos de guardia para esos números parece como pedir la luna, algo que con toda seguridad, esos mismos ginecólogos no exigirían cuando trabajan en clínicas privadas. El problema está en que para ese volumen de partos no debería haberse abierto un servicio de Ginecología y que haberlo hecho, en lugar de desviar las mujeres a otro centro, ubicado unos pocos kilómetros mas lejos, a menos de media hora de coche, es un puro ejercicio de demagogia.

Lo que también me cuenta XM es las presiones que recibe de la administración sanitaria. El tenía un suplemento de productividad por el que cobró 1000 € el primer trimestre. En el segundo la dirección estimó que había solicitado mas pruebas diagnósticas de las necesarias y le suprimieron el plus económico. También tiene una cuota de prescripción por la que no puede recomendar determindados tratamientos considerados caros mas que a un pequeño número de pacientes. Por ejemplo, me dice que está autorizado a prescribir tratamiento con interferón a dos pacientes al año. Con una sonrisa triste me dice que si los pacientes tienen problema en los primeros meses del año puede tratarlos pero que ¡ay de aquellos que tengan brotes a partir del verano!.

Marisa

Marisa es mi librera. Es una mujer pequeña, fuerte, que fuma como un carretero -¿por qué diremos que los carreteros fuman tanto?. Quizás la soledad durante el viaje produce tendencia a fumar- y que tiene un voz aguardentosa que en nada envidiaría a la un sujeto que se desayune con Cazalla. Marisa ha sido un entusiasta vendedora de mis libros a mis paisanos colmenareños y a veces me ha pagado en especie, con archivadores y carpetillas a cambio de libros. Ahora, como hace mucho que no escribo en letra impresa sino solo en el blog, mis cuentas con Marisa se han desequilibrado a su favor, de modo que, cuando fui a comprar material de oficina para ordenar la burocracia que me ha acarreado mi mal querida presidencia de la comunidad de vecinos, he tenido que pagarle, no en especie o mediante trueque, sino con dinero de “vellón”.
Mientras me devuelve el sobrante de un billete de 50 € Marisa me pregunta, esperanzada, si creo que están teniendo lugar cambios positivos en el área de la sanidad pública. Ella ha leído algo sobre la crisis del departamento de Ginecología del Hospital de Arganda y considera que, el hecho de que todos los miembros de una especialidad de un hospital nuevo se hayan plantado ante las autoridades sanitarias, hasta el punto de obligar a cerrar ese servicio, le hace pensar que puede estar ocurriendo un cambio importante en la postura de los profesionales, que pasarían de pasivos a comprometidos en la defensa de los pacientes.
Lamentablemente, le digo a Marisa, no tengo datos que me permitan confirmar o rechazar sus suposiciones. Podría ocurrir muy bien lo que ella dice, que los profesionales, o al menos un grupo de vanguardia de ellos, hayan decidido enfrentarse a la administración en defensa de los intereses de los pacientes; pero también podría ocurrir que un grupo de profesionales, en una posición favorable desde el punto de vista del mercado, con una demanda de médicos mayor que la de la oferta, hubiera decidido reclamar una serie de reivindicaciones meramente corporativistas, absolutamente legítimas, pero en ningún modo altruistas: mas personas para el mismo trabajo, mas guardias y –por tanto- mas ingresos con menor esfuerzo personal, etc.. Es muy difícil juzgarlos desde fuera pero la mayor parte de la contestación médica a las medidas de la consejería de la Comunidad de Madrid están impregnadas de sindicalismo médico, no de defensa de los intereses de los ciudadanos. Por otra parte, ¿ a quién podría sorprenderle esto?. Los médicos somos ciudadanos normales y tenemos nuestros intereses corporativos. No tendríamos por qué avergonzarnos de esto. De lo que si tenemos que sentir vergüenza es de poner los intereses de los ciudadanos por detrás de los nuestros, de convertirnos en cómplices de la administración cuando nos interesa en lugar de dejar claro, en todo momento, que somos independientes.
Le explico a Marisa que la sanidad pública requiere, no solo una mejor gestión de recursos que la que ahora existe, sino también un gran incremento presupuestario. Que no hay que engañar a la gente, que la calidad de la asistencia que ahora recibimos se debe a que el personal sanitario está mal pagado y, por tanto, sujeto a mis corruptelas y tolerancias inexcusables, y a que las familias cargan con un peso insoportable de muchas enfermedades en las que el cuidado fundamental debería recaer en la sociedad. Marisa me dice que ella estaría dispuesta a pagar más impuestos por una sanidad de mayor calidad. Pero ¿cuántas personas compartirían esa disposición?

domingo, 16 de noviembre de 2008

Los funcionarios

Una de las características de Esperanza Aguirre, que la convierte en absolutamente adorable, es que, a diferencia de muchos otros políticos, con frecuencia dice lo que piensa, aunque a semejanza de la mayoría de sus colegas, casi nunca piensa lo que dice. ¡Cuántos titulares de prensa, cuántas noticias de primera plana o de apertura de noticiario, habrá desencadenado esta mujer, cuantas tormentas produce, cuanto desparpajo genera y con qué frescura –en todos los múltiples sentidos de esta palabra- las suelta!. ¿Qué hubiera sido de la carrera televisiva del Gran Wyoming y sus compañeros de “Caiga quien caiga” sin el estimable concurso de esta mujer, primero como ministra de Cultura -¡qué ironía!- y luego como presidente del Senado.
Uno de los ejemplos de facundia desinhibida de nuestra insólita heroína tuvo lugar esta semana, durante el programa de televisión “59 segundos” en el momento en que la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid manifestó su compromiso de mantener el derecho a la sanidad pública y gratuita aunque según su criterio esto no implica, ni exige de manera alguna, que la dispensación de esos servicios tengan que estar en manos de funcionarios.
Muchos de mis compañeros que trabajan en el sector público de la asistencia sanitaria de la Comunidad de Madrid me han expresado en varias ocasiones su convencimiento de que existe corrupción y prevaricación a gran escala en la consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid. Los argumentos que manejan a favor de sus opiniones son que se ha favorecido en gran manera el desarrollo de compañías privadas con ánimo de lucro, a las que se entregan grandes paquetes de asistencia sanitaria, a veces a sectores enormes de población madrileña, atados de pies y manos, sin otra opción que recibir tratamiento en centros privados, siempre con menos personal y peor cualificado que en los públicos, o renunciar a sus derechos sanitarios. También se argumenta que la Comunidad de Madrid externaliza servicios –pruebas diagnósticas, cirugía menor ambulatoria, servicios de apoyo, gestión, etc.,- a precios muy superiores de que costaría desarrollarlos en sus propios hospitales. Por último se añade que, en ocasiones, han tenido lugar incorporaciones a los consejos de administración de empresas importantes del sector sanitario privado de personajes de la propia Consejería de la Comunidad de Madrid que han desempeñado un papel relevante en las negociaciones sobre determinados paquetes concertados con las propias compañías privadas, lo que, según mis amigos, sería una prueba más de prevaricación.
No existe ninguna duda de que algunos de estos fenómenos han tenido lugar. Pero yo creo que, más bien que a una conspiración organizada desde las alturas con objeto de delinquir, se deben a errores de apreciación de los responsables sanitarios, bisoñez en la gestión y, sin ninguna duda, a falta de elegancia de algunos gestores. Pero la torpeza de unos, la ingenuidad de los segundos y la avara grosería de los terceros, elementos que tienen lugar en cualquier campo de actividad humana, no permiten afirmar, sin género de dudas, que la presidenta de la Comunidad de Madrid sea la cabeza visible de una organización mafiosa criminal ni su consejero de Sanidad el líder de un grupo de pistoleros a su servicio.
Antes bien, yo creo que Esperanza Aguirre es una persona honrada y que cree lo que dice. Y dice unas cosas terribles que no diría una persona perversa sino más bien una persona ingenua aunque, evidentemente, con muy poca capacidad de reflexión y de autocrítica. Tomemos su frase sobre la asistencia sanitaria y los funcionarios. No le duele a la presidenta que aquellos a quienes ella considera más bien súbditos que ciudadanos tengan derecho a una asistencia pública y gratuita pero si le molesta profundamente que se le exija, como ella cree, que los que los dispensadores de esa asistencia tengan que ser funcionarios. Ya sabemos que los funcionarios tienen mala prensa, a veces bien ganada, desde Larra hasta hace unos años. Muchas personas opinan que el funcionario es un señor que gana unas oposiciones, “toma posesión” de su plaza, como si la tomara de una herencia, y se convierte en una persona intocable que puede pasarse la vida, con un sueldo en la mayor parte de los casos, bajo, pero en una posición inexpugnable, en la que es casi imposible controlarle.
El problema es que ese funcionario tradicional ha cambiado radicalmente y que ahora, aunque existen funcionarios incompetentes o delincuentes , desde profesores de universidad hasta secretarias, desde investigadores del CSIC a conserjes de ministerios, de difícil eliminación, la mayoría son personas eficientes, muy entregados a su función de servidores públicos, y desde luego, según estudios recientes, de psicólogos y sociólogos del trabajo, mucho más motivados y entregados a su trabajo que sus compañeros del sector privado.
Una de las características de los funcionarios, que posiblemente justifican la alergia que hacia ellos tiene Esperanza Aguirre, es que son personas relativamente independientes. Tienen “plaza en propiedad” y por lo tanto son menos susceptibles a la discrecionalidad de sus jefes. Tienen derechos reconocidos y es más difícil conseguir que acepten sin replicar las decisiones de los gestores políticos que las personas que carecen de ese estatus o están contratados en condiciones de interinidad. Se les puede echar pero hay que hacerlo mediante expediente administrativo; se les puede presionar pero los tribunales están muy sensibles al mobbing y los sindicatos no se quedan quietos.
De modo que los gestores sienten que su poder omnímodo se ve amenazado por el estatus del funcionario. A un médico del sector privado sus jefes le pueden imponer cualquier tipo de modelos de asistencia y patrones de conducta pero a uno del sector público no hay quien le tosa porque su puesto de trabajo está seguro. Pero eso es importante para el paciente porque el primero estará muy condicionado por la necesidad de obtener un beneficio económico y por las presiones de sus superiores mientras que el segundo solo actuara como le dicte su ciencia y su conciencia.
Y eso es lo que no puede permitir un gobierno liberal, con el que ahora manda en la comunidad de Madrid, que los mediadores de los servicios públicos puedan guiarse por opiniones propias y no sean susceptibles de presiones institucionales. ¡Joder con los liberales!. Con este grupo de defensores de la libertad, que imponen sus criterios a los servidores públicos y controlan los medios públicos, ¿para qué necesitamos nosotros los totalitarismos?. Maravillosa, Esperanza Aguirre, por decir públicamente lo que todos sabíamos pero nadie se atrevía a confesar. ¡Lástima que no tenga en frente a una persona con dos dedos de frente!.

sábado, 8 de noviembre de 2008

La pérdida de los valores éticos

Desde que existe en España un programa de asistencia sanitaria pública, hace medio siglo, no se había puesto nunca en cuestión la gestión de la sanidad tanto como se ha hecho en la comunidad de Madrid durante las dos legislaturas últimas, la pasada y la presente, en las que ha estado al frente del gobierno de esta comunidad Esperanza Aguirre. Hemos pasado por una época fundacional y de extensión de la asistencia sanitaria a cargo de un ministro falangista del general Franco. Luego, la extensión de la cobertura a toda la población y la promulgación de la ley general de Sanidad, por parte del primer gobierno socialista. Después, la regionalización de la asistencia sanitaria con las transferencias autonómicas por un gobierno conservador. Diversas iniciativas, algunas de gran calado, por distintos gestores políticos, de diferente inspiración ideológica. Pero nunca había pasado nada parecido a lo de ahora en la Comunidad de Madrid. Un mosaico variopinto de modelos de gestión, favoritismo para los modelos de asistencia privada, autoritarismo y cambio del modelo de liderazgo médico, judicialización de la gestión, ampliación del número de hospitales públicos sin la adecuada expansión presupuestaria y con entrega de la gestión a sectores privados, actitud desafiante y provocadora de los gestores.

Los hitos mas importantes de ese proceso son los siguientes:
Puesta en marcha de modelos de gestión “diferente” de hospitales públicos, como la Fundación Hospital Alcorcón.
Confirmación de que esos modelos producen insatisfación mayor que los tradicionales y alguna catástrofe asistencial, todavía no suficientemente aclarada, como la epidemia de hepatitis iatrogénica.
Reflotación económica del hospital mas emblemático de la medicina académica de España en la segunda mitad del siglo XX, la Fundación Jiménez Díaz, no mediante su absorción por el sector público sino mediante su cesión a un grupo financiero internacional con ánimo de lucro. Negociación de condiciones ventajosas para ese grupo en el contexto de la comunidad de Madrid.
Nombramiento como gerente de la Fundación Jiménez Díaz del antiguo gerente de la Fundación Hospital Alcorcón. Entrada en el grupo directivo de la compañía internacional mencionada de altos directivos de la consejería de la comunidad de Madrid que habían participado previamente en la negociación de los acuerdos entre la compañía y la Comunidad.
Criminalización y represión de conductas médicas legítimas aunque no del gusto de los gestores sanitarios en el hospital de Leganés, lo que produce la mayor movilización del personal sanitario de la comunidad de Madrid en los últimos 30 años.
Apertura de una gran cantidad de hospitales nuevos en distintas zonas de la comunidad sin un aumento correspondiente del presupuesto sanitario. Los hospitales se intentan financiar de muy diversa forma. En parte mediante la cesión a empresas privadas, en parte mediante personal extraído de otros hospitales.
Declaración publica por parte de los gestores sanitarios de la “sanidad como una oportunidad de negocio”, que produce un amplio rechazo en los profesionales y sindicatos.
Enfrentamiento radical y continuado entre los gestores y los profesionales y los sindicatos. La contestación deja de ser coyuntural y se convierte en permanente. Puede decirse que se ha llegado a un punto tal en el que los gestores han perdido por completo la confianza de sus subordinados hasta el punto de que su gestión es imposible y el mantenimiento en sus puestos mas cuestión de “sostenella y no enmendalla” que de racionalidad.

Esta situación tiene todas las características de sobrepasar lo que podría ser una mera contestación basada en reivindicaciones profesionales o corporativas mas o menos legítimas o discutibles, o incluso una batalla mas en el contexto de la confrontación política y sindical, y de convertirse en lo que podría ser “una crisis del sistema”.

En efecto, en España gozamos de una asistencia sanitaria en muchos casos excelente y la hemos conseguido a un costo muy bajo, dedicando a asistencia sanitaria una parte muy pequeña, muy inferior a la que invierten la mayoría de los países de nuestro entorno, con peores resultados, del producto interior bruto. Ese “milagro” o cuadratura del círculo se ha conseguido gracias a dos elementos: 1) Que las familias han absorbido hasta hace poco y todavía absorben la parte del león de la asistencia socio-sanitaria, de los cuidados crónicos; 2) Que los sueldos del personal sanitario –médicos, enfermeras, técnicos, etc., que suponen el 80% del presupuesto de un hospital- son muy inferiores, en términos absolutos y relativos a los de los países que nos rodean. Entre nosotros, hasta hace poco, predominaban las posturas de altruismo. Nosotros estábamos orgullosos de ejercer una función pública, al servicio del ciudadano. El médico era un sujeto portador de valores morales, al servicio de la humanidad. Muchos habríamos suscrito la respuesta que me dirigió uno de mis recién llegados residentes, hace ahora casi 20 años, cuando le pregunté cómo se encontraba en el programa de formación: “Estupendamente, me dijo. Hago lo que me gusta y, encima, me pagan”. Lo mas importante era hacer lo que nos gustaba; el sueldo era lo de menos.

Pero eso ha cambiado radicalmente. Ahora no hacemos lo que nos gusta. Los gestores nos dicen qué es lo que tenemos que hacer y cómo tenemos que hacerlos. Los mandos intermedios no son escogidos por su prestigio intelectual, ni por su capacidad de liderazgo, ni por sus valores éticos, sino solo por su docilidad. Y, si las autoridades proclaman que la sanidad es una oportunidad para hacer negocios ¿cómo pueden pretender poner freno a todo tipo de reivindicaciones, incluidas las mas corporativistas?.

Esperemos que, entre unos y otros, no acaben con la salud del sistema ni perjudiquen a los beneficiarios.