sábado, 30 de enero de 2016

Oligarquía o populismo

Los problemas que estamos viendo en España para formar gobierno, resultado de unas elecciones que no permitieron mayorías claras, plantean una serie de problemas e incertidumbres poco habituales en el ambiente político de Europa y más parecidos a los que ocurren en otros países latinoamericanos. En el viejo continente hemos disfrutado en los últimos años de una serie de condiciones democráticas que han permitido resultados muy variables con cierta flexibilidad. Entre esas condiciones se puede contar con un cierto respecto de los partidos políticos por las reglas demo-cráticas, la existencia de medios de información independientes y razonablemente neutrales y la posibilidad de pactos electorales entre partidos políticos de distinto signo que, a pesar de todo, mantienen unas relaciones de adversarios pero no de enemigos. La situación en Latinoamérica, sin embargo, es muy diferente. Lamentablemente, porque muchas de las ilusiones que muchos de nosotros hemos tenido con movimientos que tuvieron su origen popular y que nacieron como signo de rebeldía contra muchas injusticias sangrantes han sido defraudadas por la evolución autoritaria, muchas veces tiránica y con frecuencia ruinosa para los países en los que han tenido lugar y para muchos de sus promotores iniciales. La diferencia está en que en estos países, con esa tradición tan marcada de golpes de estado y de pronunciamientos, con medios de información tan parciales y con odios africanos entre partidos, es muy difícil encontrar soluciones racionales. Y también a nosotros nos preocupa si la disyuntiva en España es como en muchos países americanos entre oligarquía o populismo. La oligarquía ha tenido la sartén por mango en LatinoAmérica durante la mayor parte de su historia. Ha controlado los recursos económicos, utilizado los ejércitos, dominado los medios. Contra ellos han surgido movimientos populistas que han utilizado los mismos procedimientos. El problema es que muchos de los populismos pueden perpetuarse en el poder de forma “democrática”, utilizando sistemas de secuestro de voto. Es relativamente fácil, sobre todo cuando el petróleo está caro, dar un pequeña ayuda a personas marginadas y con ello conseguir una fidelización del voto, aunque el país se desabastezca, las infraestructuras se deterioren y la economía se hunda. Esa es la tragedia que se ve en LatinoAmerica. Movimientos populares que en otro tiempo nos ilusionaron porque planteaban alternativas populares y democráticas a las oligarquías dominantes, se han convertido en tiranías populistas. Esperemos que no nos pase eso en España donde no se puede mantener en el poder a quien tanto ha abusado de él pero donde hay que tener cuidado con los “salvadores” que se convierten en depositarios de la ilusión de mucha gente.

sábado, 9 de enero de 2016

El nacionalismo y la izquierda

Decía Patxi López hace algunas semanas algo que yo entendí como que los socialistas no podían ser nacionalistas y esa afirmación provocaba respuestas airadas e incluso escandalizadas. Pues bien, yo comparto la idea de que es incompatible no ya ser nacionalista y socialista sino nacionalista y al mismo tiempo persona medianamente inteligente y progresista. En España se habla mucho de “nacionalismos” históricos y de que tal o cual, de momento, comunidad autónoma es o no es una “nación”. En realidad se debería decir, si se hace referencia a la historia que son “reinos” históricos. Porque el concepto de “nación” no nació hasta el siglo XIX y en esa época y hasta ahora ya no había otra nación que la española. Los reinos –un conjunto de súbditos gobernados por un rey mediante una relación de dominio o más o menos pactista- nacían, morían, se expandían o reducían, se fusionaban o separaban por razones tan peregrinas como las guerras, las paces, los matrimonios o las herencias. Los reinos no tenían ninguna entidad histórica ni nadie lo pretendía. Por ejemplo, el reino de Portugal nació porque el rey de Castilla y León, Alfonso VI, quiso dejar una pequeña herencia a su hija pequeña, Teresa, después de legar la mayor parte a la mayor Urraca. El concepto de “nación” nace en el siglo XIX y tiene su origen en los filósofos idealistas de la primera parte de ese siglo que pretenden imponer un concepto distinto del de reino o incluso del de Estado ya que “L’Estat c’est moi” de Luis XIV era una idea infumable para aquellos jóvenes enamorados de la primera parte de la Revolución Francesa. La nación, que pronto fue “La Nación”, era un concepto abstracto una idea por la que se podía luchar e incluso ser mártir. Y es a partir del siglo XIX cuando empiezan a surgir la mayoría de las naciones modernas o a transformarse en “naciones” los “reinos” previos. Los elementos que sirven para fundamentar las naciones pueden ser de diverso tipo: el lenguaje, la raza, la religión o el territorio, en el caso de las nuevas naciones. Las características, muchas veces circunstanciales, previas de los reinos en su caso. El elemento fundamental de la formación de las naciones es la existencia, o simplemente la pretensión sin fundamento, de un elemento diferenciador del “otro”, sea de la naturaleza que sea. Quizás valga la pena considerar el precedente remoto de los griegos y los bárbaros. Los griegos tienen la idea de que su “nación”, por encima de las diferentes ciudades, hoy en paz, ayer y mañana en guerra entre sí, la forman los que hablan bien griego. Los que chapurrean malamente son designados con la onomatopeya bar-bar-oi, literalmente los que chapurrean. De modo que en el siglo XIX los forjadores de la nación alemana lo que pretenden es unir bajo una estructura estatal a quienes hablan alemán. Ya sabemos cuanta sangre se vertió en ese intento. Pero en el siglo XX serbios y croatas, que hablan la misma lengua aunque unos la escriben en caracteres cirílicos y otros latinos, se matan entre ellos porque les separa la religión. Y en el siglo XXI parece que rusos y ucranios se matan entre si sobre todo por el territorio. Volvamos al asunto de la izquierda y los nacionalismos. En el mundo global en el que nos movemos no se puede ser progresista sin poner en valor lo que nos une a los seres humanos. Esto que nos une es nuestra capacidad para conocer la naturaleza, para dominarla, a veces para destruirla; nuestra capacidad para la ciencia y para el arte, para el heroísmo y el altruismo. Nuestro miedo a la pobreza, al dolor, a la soledad, a la muerte. Está bien defender los elementos identitarios pero no de forma que excluyamos a otros por diferencias de lengua, cultura, raza, religión o territorio. Es mucho más importante luchar por los intereses humanitarios. La lucha por la identidad es muy importante pero muy difícil en un mundo globalizado. Y no se pueden sacrificar los valores universales del hombre sacrificados a los valores identitarios. En el mundo hay varios miles de lenguas la mayoría de las cuales van a desaparecer de la faz de la tierra en unos años. Tenemos que acabar con las guerras de religión o las religiones acabarán con nosotros. Tenemos que ser capaces de decir, como Albert Einstein, que no nos reconocemos miembros de otra raza que la raza humana. Las “naciones” no existen. Son inventos de mentes anticuadas. Los que interesan son los hombres. Ninguna bandera, ningún himno vale las lágrimas de un niño o la soledad de un anciano.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Estilo italiano

Las elecciones del 20D dejan un panorama político más parecido al de Italia que al que estamos acostumbrados en España, un bipartidismo alternante, agotado hace tiempo. Igual que hace un siglo, cuando se agotó el sistema de partidos de la restauración, el liberal y el conservador, entonces, el PSOE y el PP, ahora solo son vestigios del pasado, instrumentos políticos inaceptables para nuestros jóvenes. Pero los nuevos partidos, los que han vuelto a integrar a nuestra juventud, necesitan tiempo para madurar y un roce con el poder, no un asalto, que les permitan hacer propuestas realistas. Los resultados electorales no permiten un gobierno estable ni mediante una coalición de derechas ni mediante otra de izquierdas. Hay dos bloques casi iguales y es difícil pensar que los cambios que necesitamos puedan ser monopolio de uno u otro bloque. El PP debe someterse a una profunda regeneración política que tendría que acabar con los viejos políticos de toda una generación, contaminados por la corrupción y el privilegio. El PSOE ha hecho un cambio profundo a nivel de sus instituciones centrales pero necesita acabar con el poder de los barones y con los viejos jerarcas territoriales. Ambos partidos tienen que comprender que deben abandonar la política no solo las personas imputadas por delitos sino aquellos que tuvieron responsabilidad sobre los imputados. La responsabilidad penal es propia de los delincuentes; la responsabilidad política es de quienes no se rodean de personas dignas. Y, sin embargo, no podemos permitirnos otras elecciones, que no garantizan una solución de los problemas, que podrían suponer la pérdida de un tiempo preciosísimo que necesitamos para resolver una serie de aspectos, desde los económicos hasta los políticos. Pero, si no nos interesa una política de bloques ni nos conviene repetir las elecciones, ¿cómo podemos resolver el conflicto? Quizás la solución podría ser al estilo italiano, buscando una especie de Mario Monti español, un independiente de prestigio, que podría presidir un gobierno de concentración, en el que podrían convivir otros independientes y personas de prestigio afines a la mayoría de los partidos. Ese gobierno tendría una serie de tareas a desarrollar en un plazo corto, no más de dos años, tiempo suficiente para limpiar a los viejos partidos y para madurar a los nuevos. En este tiempo deberían concretarse las siguientes tareas: a) reformar la constitución garantizando los derechos sociales y modificando la estructura del estado a federal; b) regeneración democrática de los partidos; c) cambiar la ley electoral; d) pactar una reforma laboral consensuada; e) pactar una ley de educación; f) pactar una ley de la ciencia; g) suprimir el senado y las diputaciones y fusionar los ayuntamientos inviables; h) actualizar y votar estatutos modificados en función del nuevo estado federal. ¿Quién podría ser ese Mario Monti español? Es seguro que hay 200 pero ahí lanzo mi primer candidato. Miquel Roca, un político “reformista”, con experiencia, participante en la redacción de la constitución, poco sospechoso para el nacionalismo y, en lo que yo conozco, limpio.

martes, 4 de junio de 2013

El retorno de la Inquisición

La Inquisición no solo procesaba a los supuestos herejes sino también a terceras personas que tuvieran sospechas sobre la ortodoxia de sus vecinos y no les denunciaran. De modo que la neutralidad era imposible. O estás conmigo al 100% o estás muerto. Comenté hace unos días el despido de mi mujer, y otros 699 profesionales, recurrido ante los tribunales y, por tanto, no definitivo. Y también hablé del intento de suplantarla como investigador principal de sus proyectos financiados. Pues bien, hay todavía algo más repugnante, el intento de enfrentarla a sus colaboradores, en este caso concreto a una persona que lleva trabajando con nosotros más de 25 años; que ha publicado con nosotros 49 trabajos científicos en este tiempo; que la conocimos cuando era una recién licenciada en busca de un programa de doctorado y ha realizado bajo nuestra dirección el doctorado, el postdoc, muchos años de trabajo como técnico y, finalmente, como técnico titulado superior. Y cuando esa persona con quien nos unen tantas cosas, profesionales y personales, se niega a firmar un documento que pretende arrebatar a su mentora de toda la vida el control de sus propias actividades científicas y el de sus propios proyectos se la amenaza de forma grosera: “Si no firmas, atente a las consecuencias”. ¡Vivan las caenas!. La Inquisición es, posiblemente, uno de los monumentos más notables al odio humano. En general se admite que la intensidad de la inquina tiene cuatro grados. La más suave es la que se siente por el adversario; peor, la que se dedica al enemigo. Alcanza grados insoportables el odio que se profesa a los compañeros de partido. Y supera todo lo imaginable en el caso del “odio teológico”, en el que no solo se pretende eliminar al compañero de religión que discrepa de nosotros por la presencia o ausencia de una conjunción o una coma. En este caso, por tan grave delito, se condena al perdedor al desentierro de sus huesos para quemarlos y se intenta continuar el horneado durante toda la eternidad en el infierno. Ese es el odio que parecen tenernos nuestros directivos. Primero nos hacen la vida imposible. Después nos despiden de forma arbitraria. Luego intentan deprivarnos de las subvenciones, recursos y ayudas que nos han concedido durante nuestra vida y en premio a nuestro trabajo. Y por último, pretenden enfrentarnos a nuestros discípulos y amigos. Hay que ser muy mediocre para odiar tanto.

domingo, 2 de junio de 2013

El robo de las ideas

A mi mujer la han despedido, como a otros 700 profesionales de la salud de la comunidad de Madrid que habían cumplido los 65 años. Me da vergüenza decirlo, pero estoy encantado. Por primera vez, en 42 años, podemos desayunar juntos o escaparnos a la Pedriza cualquier día de primavera, cuando no hay nadie. Quizás en el fondo de mi escrito irónico “Viva Lasquetty” late un pequeño motivo de agradecimiento porque por primera vez y gracias a la torpeza del consejero no tengo que compartir a mi mujer con la ciencia. Lo que quizás no me gusta tanto es que la han humillado. O al menos lo han pretendido. ¿Por qué despedir a una mujer muy prestigiosas, que no ha hecho nunca daño a nadie, que ha contribuido de forma protagonista a la innovación investigadora del departamento en el que trabaja, que ha formado a una gran cantidad de científicos jóvenes, que continúa con una productividad científica sobresaliente y que trae a la institución que la cobijaba hasta hace 15 días una cantidad de dinero en equipamiento, proyectos de investigación, contratos de investigadres y acuerdos de investigación que alcanza cifras muy superiores al sueldo que ella recibe? Despedir a quien te da de comer es estúpido y las gentes que cometen estupideces no humillan; en todo caso producen lástima. Pero lo más sorprendente de todo es que han pretendido robarle las ideas. Bueno, al menos esa parte de las ideas que puede figurar en una cuenta bancaria. Mi mujer dispone de fondos de investigación para financiar sus proyectos durante al menos tres años. Esos fondos fueron conseguidos en distintas convocatorias, muy competitiva, durante los últimos años. El gerente firmó el visto bueno para que mi mujer pidiera esos proyectos y se comprometió con su firma a que fuera posible desarrollarlos. Ahora quieren, a escondidas, que otra persona la sustituya como investigador principal de esos proyectos. Un investigador tiene unas ideas, las somete a revisión de sus colegas, consigue financiación pública para desarrollarlas y el gerente garantiza el desarrollo del proyecto. Pero luego el gerente echa al profesional y pide a otro, un colaborador que se siente amenazado, que le sustituya y le robe las ideas…y, sobre todo, la cartera. De modo que si los tribunales de justicia dicen que no se pueden cambiar los derechos reconocidos de una persona y que, por tanto, a aquellos profesionales a los que se les reconoció capacidad para continuar con el desarrollo de su profesión hasta los 70 años no pueden ser despedidos con carácter retroactivo a los 65 las instituciones sanitarias tendrán que readmitir o indemnizar a los despedidos. Pero a aquellos que se les quiten los medios para desarrollar sus ideas se les infiere un daño adicional. Se les roba el producto de su pensamiento. En Estados Unidos los investigadores principales de los proyectos de investigación son los titulares de los mismos de modo que cuando cambian de universidad llevan consigo sus proyectos. Cualquier institución que se precie intenta hacer todo lo posible por retener investigadores valiosos, porque si se van, la universidad que los pierde pierde recursos. En España si consentimos que los beneficiarios de los proyectos sean las instituciones y no los científicos atamos a estos a sus centros de trabajo pues cambiar de institución sin llevarse los proyectos supone un largo periodo de esterilidad científica. Quizás esto sea una de las causas de la perversa continuidad laboral de los científicos en el mismo instituto que muchas veces les lleva al empobrecimiento.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Un mundo sin piedad

Acabo de volver de Hannover de un congreso sobre distonía, que ha resultado muy agradable, una buena oportunidad para charlar con viejos amigos. Había estado en esa ciudad en 1977, al volver de un curso internacional de entrenamiento en métodos de estudio del funcionamiento bioquímico del cerebro, al que yo había asistido durante el mes de julio de ese año en Leipzig. En nuestro camino de Leipzig a Copenhague cruzamos Berlín Oeste y eso nos hizo perder nuestro status de invitados oficiales de la República Democrática Alemana y convertirnos en meros transeúntes. Se desencadenó una tormenta brutal que no me permitía ver la carretera y decidí parar en al arcén. Aparecieron inmediatamente dos coches de policía y nos conminaron a seguir. No podíamos parar en el territorio de la República Democrática Alemana aunque el cielo se cayera sobre nosotros. Fuimos tratados sin piedad. Mi amigo Seth Pullman, de Nueva York, con quien no hablo desde hace tiempo, me refresca las noticias que tienen origen al otro lado del Atlántico. Seth es neurofisiólogo y se dedica estudio los cambios de actividad neuronal y muscular que se producen en los pacientes que tienen problemas del movimiento. Es un experto de primera línea mundial y como tal una de sus especialidades es el tratamiento de músicos profesionales que tienen distonías ocupacionales. La distonía es un trastorno del movimiento que se caracteriza por contracciones anormales y sostenidas de los músculos que producen contracturas, posturas anormales, trastorno de la función y dolor. Las distonías ocupacionales son las que ocurren al realizar determinado tipo de actividades, en muchos casos actividades profesionales, como la distonía en la mano que se llama espasmo del escribiente, o la distonía de la pierna que aparece en bailarines. Las distonías ocupacionales son muy frecuentes en los músicos, quizás porque el entrenamiento intensivo a que someten a determinadas partes de su cuerpo, las manos, los labios, etc., acaban alterando los mecanismos normales de control del movimiento. En Alemania se calcula que las distonías ocupacionales afectan hasta un 1% de los músicos y en algunos casos acaban con la carrera de estos profesionales. Seth estudia las distonías de los músicos con técnicas electrofisiológicas para descubrir los músculos que se contraen de forma excesiva y luego debilita esos músculos con inyecciones de pequeñas dosis de toxina botulínica. Sin embargo, Seth piensa que el 80% de los músicos profesionales en los Estados Unidos carecen de recursos suficientes para pagar la toxina botulínica. Por esto, Seth y nuestro común amigo Paul Green esconden la toxina que les sobra de tratar a otros pacientes, la congelan y se la administran de forma clandestina a los músicos menos afortunados. A mí me parece que lo que hacen Paul y Seth es digno de aplauso pero el hecho de que tengan que hacerlo a escondidas no deja de ser un signo más de que vamos hacia un mundo sin piedad. Escribo a Paul para que me ayude a rescatar, ahora que me he jubilado, un pequeño fondo de pensiones de la época de mi estancia en la Universidad de Columbia. Me dice que le echan de la Universidad porque los directivos se han enterado de que atiende a algunos pacientes sin cobrarles. Paul es, con toda seguridad, uno de los mejores expertos mundiales en enfermedad de Parkinson y otras alteraciones del movimiento. En la enfermedad de Parkinson, en relación con los trasplantes de células fetales, Paul fue el primero en decir que “el rey estaba desnudo”. Llevábamos 20 años de trasplantes de distintos tipos de células y de promesas incumplidas de que las “células madre” iban a curar esa enfermedad al día siguiente por la mañana. Paul, después de un estudio muy cuidadoso fue el primero que dijo que los trasplantes no servían para nada y, en algunos casos, podrían ser perjudiciales. Al principio tuvo que enfrentarse con muchos grupos de científicos que, por interés o de buena fe, sí creían en esos tratamientos. Pero al cabo de un tiempo se impuso la verdad y los trasplantes dejaron de hacerse. Ahora le echan porque atiende pacientes sin cobrarles. Cuando yo terminé la carrera de Medicina habríamos considerado vergonzoso lo contrario, no atender a una persona porque no pueda pagar los honorarios. ¿Hacia dónde vamos? Hacia un mundo sin piedad.

lunes, 13 de mayo de 2013

Viva Lasquetty

Durante los tiempos de la República las fuerzas vivas de los pequeños municipios españoles estaban formadas por el cura, el boticario, el médico y el maestro. Los dos primeros solían ser conservadores y los dos últimos progresistas, de modo que el equilibrio de fuerzas se establecía por la afiliación del alcalde. Desde entonces, como en la mayoría de los países europeos, los médicos nos hemos ido haciendo conservadores. Es verdad que nos hemos convertido en trabajadores cualificados, que han perdido el control de sus medios de producción, pero al mismo tiempo en trabajadores privilegiados. Los ingresos medios de los médicos son más altos que los de la mayoría de los licenciados, la oferta de puestos de trabajo más grande, el impacto de la crisis sobre su empleo mucho más pequeño. Hace algunos años uno de mis compañeros médico se fue a trabajar a Suecia y quiso afiliarse a un sindicato de clase. Le echaron de allí a patadas con la recomendación de “los médicos deben afiliarse a sindicatos burgueses”. Hemos visto como los colegios de médicos realizan una labor más de defensa corporativista que de mejora de la profesión. Los médicos y sus organizaciones han desempeñado un papel conservador en asuntos como la eutanasia – o su cristalización en el asunto del Dr. Montes y las sedaciones de Leganés-, los temas de intervención genética, la atención a inmigrantes sin papeles, el aborto, y muchos otros. Pues bien, todo esto está a punto de cambiar. Y todo ello por la gracia de …Lasquetty. Los últimos consejeros de Sanidad de la Comunidad de Madrid no se han distinguido ni por la brillantez de su gestión ni por la pulcritud de su respeto hacia lo público en el campo de sus áreas de influencia. Por solo numerar unos ejemplos, José Ignacio Echaniz, consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid en el último gobierno de Gallardón, entregó la Fundación Jiménez Díaz, el hospital más importante de España en la segunda mitad del siglo XX, a Capio, una empresa privada, a cuyo equipo directivo se incorporaría pronto su hermana Teresa Echaniz. Su sucesor, Lamela, protagonista del caso “Leganés” en el primer gobierno de Esperanza Aguirre, no ha tenido escrúpulo de fichar por un grupo privado de gestión de hospitales. Y el penúltimo, Güemes, esposo de Andrea Fabra, la diputada que se hizo famosa por un sonoro “Que se jodan”, en el congreso de los diputados, pronunciado para celebrar la negación de un subsidio a los desempleados, se hizo no menos famoso por afirmar que no era posible que un asunto como la sanidad que movía tal cantidad de dinero no fuera objeto de negocio y por integrarse en el equipo directivo de una empresa de laboratorios centrales, una iniciativa que él mismo había contribuido a desarrollar. Los tres personajes mencionados tomaron iniciativas en sus áreas de competencia que facilitaron su desembarco o el de sus familiares en áreas privadas de la sanidad. Pero no cometieron el error de Lasquetty quien ha hecho lo mismo que ellos, facilitar que la sanidad no sea sobre todo un servicio sino sobre todo un negocio, pero al mismo tiempo ha cometido el error de lesionar los intereses de los médicos. El gran error de Luis XVI y de Maria Antonieta fue que al mismo tiempo que subía el precio del pan convocaron cortes para subir los impuestos. Eso acabó costándoles la cabeza. No se puede entregar el “negocio” de la sanidad a los amigos al mismo tiempo que se aumentan las horas de trabajo de los profesionales y se les disminuye el sueldo. Si se quiere entregar el gran pastel a los amigos hay que dar una parte del pequeño pastel a los profesionales; y si se quiere apretar el cinturón a los profesionales hay que sembrar el terror y ser más puro que el “incorruptible”. Lasquetty sin embargo se ha comportado con más capacidad de agitación que un antiguo agente de la Komintern hasta el punto de que ha conseguido ponerse en contra a una asociación de jefes de servicio, la mayoría de ellos nombrados a dedo por el propio Lasquetty y sus subordinados o sus antecesores. En este momento está en marcha un movimiento revindicativo de profesionales sanitarios como no se veía desde los últimos años del régimen de Franco y como los más viejos del lugar no soñábamos con volver a ver. ¡Gracias, Lasquetty, por dar nos esa alegría! Quizás el ejemplo más glorioso de esa extraordinaria capacidad para concitar voluntades en contra sea lo que acaba de ocurrir con las jubilaciones forzosas de profesionales. Un buen número de compañeros mayores de 65 años solicitaron en su momento prolongar su vida profesional hasta los 70 años y su solicitud fue aprobada tras la comprobación de que cumplían los requisitos exigidos por la administración. Hace unos meses, sin embargo, estas personas cuya prórroga había sido concedida recibieron una notificación en la que se les advertía de que de lo dicho nada. Debía volver a presentar otra nueva solicitud acompañada de una memoria de actividades y proyectos y solicitar nuevas prórrogas para su actividad profesional que en este caso solo tendrían una duración de un año. No se les explicó cómo era posible que una solicitud aprobada meses antes para cinco años hubiera de ser inválida ni cuáles serían los criterios para la concesión o renovación, ni quien juzgaría esas nuevas solicitudes, si evaluadores externos, los propios profesionales o los directivos, según su libre albedrío. Se les daba de plazo hasta el 30 de abril y si no lo hacían ese mismo día se les daría por jubilados. En algunos hospitales el día 30 de abril se citó a los profesionales para que acudieran a una sala, donde sin ninguna dignidad ni intimidad, llevados al matadero como ganado, se les comunicó el resultado de la decisión y la mayoría a la que se le denegó la continuación se le conminó a agotar las vacaciones antes del 15 de mayo, último día de su trabajo profesional. Profesionales con más de 40 años de servicio han sido conminados a abandonar consultas en las que atendían pacientes a los que llevaban viendo varios años; otros, con proyectos de investigación vigentes para varios años, rubricados por la firma de los responsables sanitarios, han tenido que cesar de pronto como responsables del desarrollo de proyectos de investigación financiados por organismos públicos. ¡Qué despilfarro de recursos, que grosería, que falta de respeto a los pacientes! Con independencia de la ilegalidad de estas decisiones, ¿no podrían haber sido un poco más elegantes? ¿Por qué no han llamado a los afectados de manera individual y discutido con cada uno de ellos un plan individualizado de transmisión progresiva de tareas en un tiempo prudencial? Lasquetty no solo acaba con una generación de médicos. Muchos de aquellos que acabamos la carrera de Medicina en la última década del franquismo, entre 1965 y 1975, hartos de la mediocridad intelectual de nuestras universidad y de la rutina de nuestros hospitales nos fuimos a otros países a trabajar y a aprender los principios y la práctica de la medicina moderna. Y muchos volvimos al cabo de los años, trajimos lo que habíamos aprendido fuera y nos convertimos en los líderes de un sistema sanitario que algunos años más tarde iba a ser uno de los mejores del mundo. Eso se termina con la jubilación de aquella generación. A partir de ahora en el terreno de la Medicina volvemos al casticismo. Va a haber muchas reclamaciones y la consejería de sanidad va a perderla porque no se puede autorizar una prolongación de actividad laboral y luego negarla. El problema es que, mientras que los gestores se auto conceden premios dinerarios en concepto de cumplimiento de objetivos las indemnizaciones que se generen en los juzgados no las pagan ellos sino nosotros. Si no fuera por eso, tras comprobar su enorme capacidad de encabronar a todo el mundo, incluidos sus fieles, a uno le gustaría gritar: ¡VIVA LASQUETTY!